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Durante el primer año de vida niños y niñas transitan por sus distintas etapas de crecimiento. Hay un momento en el proceso de este desarrollo en que la atención de los pequeños comienza a ser más sostenida y comprometida hacia el otro, y los niveles de comunicación se transforman. Observaremos como ellos y ellas prestan más interés a los rostros de los adultos: a sus gestos, a la forma en que mueven su boca, al énfasis tonal que le ponen a ciertos juegos, o a la intencionalidad con que se dice cada palabra. Entonces nos encontramos diciendo cucú, pipí, popó, mema, y de a poco vamos creciendo en complejidad hasta llegar a un juego especial; un juego de siempre, el juego de estar y no estar. A ese famoso cucú donde se anticipa qué es lo que vendrá, le sigue en importancia el juego del acá está, porque marca un cambio importante: El encuentro con el otro. Es el inicio de la presencia de la función simbólica, es decir, la permanencia mental del objeto en su ausencia. En estas situaciones cotidianas las formas, el “cómo” transmitimos; le ofrecen al niño más mensaje que el significado del propio concepto. En una sociedad donde las pantallas muchas veces reemplazan la mirada, los juegos de vinculación son fundamentales. “Una mágica ventana” viene a recordar que la mirada cómplice, pícara, enojada, o de alegría son aprendidas por niños y niñas de forma rápida y divertida a través de esos juegos milenarios en donde los bebés están atentos a las acciones de los mayores. Esta etapa tan importante reivindica el lugar del juego en el crecimiento, porque, a fin de cuentas, de esto se trata: crecer acompañado de miradas, palabras, gestos. ¡Vamos a jugar! Vamos en busca de buenas y nuevas experiencias.

Mónica Beatriz Escurra Prof de Educación Inicial. Especialista en Atención Temprana. Acompañante Terapéutico. Puericultora y asesora en Crianza. @crianza_en_movimiento / mbescurra@gmail.com

Una Mágica ventana

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Durante el primer año de vida niños y niñas transitan por sus distintas etapas de crecimiento. Hay un momento en el proceso de este desarrollo en que la atención de los pequeños comienza a ser más sostenida y comprometida hacia el otro, y los niveles de comunicación se transforman. Observaremos como ellos y ellas prestan más interés a los rostros de los adultos: a sus gestos, a la forma en que mueven su boca, al énfasis tonal que le ponen a ciertos juegos, o a la intencionalidad con que se dice cada palabra. Entonces nos encontramos diciendo cucú, pipí, popó, mema, y de a poco vamos creciendo en complejidad hasta llegar a un juego especial; un juego de siempre, el juego de estar y no estar. A ese famoso cucú donde se anticipa qué es lo que vendrá, le sigue en importancia el juego del acá está, porque marca un cambio importante: El encuentro con el otro. Es el inicio de la presencia de la función simbólica, es decir, la permanencia mental del objeto en su ausencia. En estas situaciones cotidianas las formas, el “cómo” transmitimos; le ofrecen al niño más mensaje que el significado del propio concepto. En una sociedad donde las pantallas muchas veces reemplazan la mirada, los juegos de vinculación son fundamentales. “Una mágica ventana” viene a recordar que la mirada cómplice, pícara, enojada, o de alegría son aprendidas por niños y niñas de forma rápida y divertida a través de esos juegos milenarios en donde los bebés están atentos a las acciones de los mayores. Esta etapa tan importante reivindica el lugar del juego en el crecimiento, porque, a fin de cuentas, de esto se trata: crecer acompañado de miradas, palabras, gestos. ¡Vamos a jugar! Vamos en busca de buenas y nuevas experiencias.

Mónica Beatriz Escurra Prof de Educación Inicial. Especialista en Atención Temprana. Acompañante Terapéutico. Puericultora y asesora en Crianza. @crianza_en_movimiento / mbescurra@gmail.com